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Toñi lleva meses en casa y todavía no ha visto toda la casa entera. No porque no pueda. Porque no quiere. Se ha montado un mapa mental de la casa donde hay zonas seguras y zonas prohibidas, y las prohibidas son unas pocas.
Vino en acogida como vienen casi todas, con una historia que no conoces del todo y un carácter que descubres a trocitos. Atigrada con tonos naranjas, parecida a Bella. Año y medio. Y un miedo a las cosas cotidianas que me ha dejado bastante tocado.
Porque no es miedo a lo raro. Es miedo a lo normal. A cosas que Bella, Kika y Oli ni miran. Y eso me ha obligado a mirar mi propia casa como si fuera la primera vez.
Lo que para mis otros gatos es aire, para Toñi es una amenaza
El primer día pensé que se acostumbraría en nada. Ilusa expectativa. Toñi no se acostumbra fácil. Toñi calcula.
El ejemplo más claro es la lavadora. Cuando entra en el centrifugado, Toñi desaparece. No corre, se evapora. La tengo detrás del sofá antes de que yo haya oído el ruido siquiera.
Bella, mientras tanto, duerme encima de la propia lavadora. Le gusta el calor y la vibración le da igual. Ocho años en esta casa le han enseñado que ese ruido no la va a comer.
Y ahí está la cosa. Bella no es valiente. Es que ese ruido, para ella, ya no significa nada. Lo ha oído mil veces y nunca pasó nada malo. Se le ha borrado del radar.
Toñi todavía tiene el radar encendido a tope. Cada ruido es información nueva y potencialmente peligrosa. No tiene el historial que tienen los otros tres.
La lista de cosas que dan miedo (y que yo no notaba)
Me puse a apuntar mentalmente qué la asustaba. No por manía de programador, aunque un poco sí. Más bien porque quería entender el patrón.
La bolsa de plástico al arrugarse. El clic del interruptor de la cocina. Mis zapatillas cuando arrastro los pies. El sonido del hervidor. La puerta del horno al cerrarse. El móvil vibrando sobre la mesa de madera.
Ninguna de esas cosas existe para mis otros gatos. Son parte del ruido de fondo de vivir conmigo. Oli, de hecho, viene corriendo cuando oye la bolsa del pienso, que suena parecido a cualquier otra bolsa.
Pero Toñi las oye todas. Y cada una la manda un poco más atrás en su rincón. Vivir aquí, para ella, es un campo minado de sonidos que yo llevaba años sin escuchar de verdad.

Toñi tiene miedo a cosas que mis otros gatos ni notan
Lo curioso es que, cuando escribí esa frase en una nota del móvil, me di cuenta de que estaba hablando de algo más grande que una gata.
La casa no ha cambiado. Los ruidos son los mismos. Lo que cambia es quién los recibe y con qué historia detrás. Bella tiene ocho años de «aquí no pasa nada». Toñi tiene año y medio de vaya usted a saber qué.
Y me hizo pensar en cuántas cosas doy yo por sentadas. No solo con los gatos. En general.
Cuando llevas años haciendo algo, dejas de ver el esfuerzo que costó al principio. Programar, por ejemplo. Ahora abro el editor y escribo sin pensar. Pero hubo un yo de veinte años al que un mensaje de error rojo le daba un pequeño infarto.
Ese error rojo era mi centrifugado. Una señal que interpretaba como catástrofe porque no tenía el historial para saber que no lo era. Con el tiempo, se me borró del radar. Igual que a Bella el ruido de la lavadora.
«Time spent with cats is never wasted.»
— Sigmund Freud
La cita se atribuye tanto a Freud que ya da igual si la dijo tal cual. Lo que me gusta es lo de «nunca es tiempo perdido». Con Toñi tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo muchos días. No avanza. Y luego me acuerdo de esto y respiro.
Cómo se construye la confianza cuando no puedes explicarte
Con una persona puedes razonar. «Ese ruido es la lavadora, tranquilo». Con Toñi no. No hay idioma común. Solo hay repetición y paciencia.
La confianza con un gato asustadizo no se negocia. Se demuestra. Y se demuestra no haciendo cosas: no perseguirla, no cogerla en brazos porque a mí me apetezca, no forzar el contacto.
Es contraintuitivo. Uno quiere ayudar acercándose, y con Toñi acercarse es justo lo que la aleja. La ayuda es quedarse quieto. Existir en la misma habitación sin exigir nada.
He pasado tardes enteras trabajando en el sofá con Toñi a tres metros, ella mirándome, yo fingiendo que no la miro. Escribiendo código con un ojo puesto en si se acerca un centímetro. No se acerca. Pero tampoco se va. Y eso ya es algo.
Los pequeños avances que solo tú entiendes
El otro día comió mientras yo estaba en la cocina. A dos metros. No parece gran cosa, ¿verdad? Para mí fue casi una fiesta.
Porque las primeras dos semanas solo comía de noche, cuando la casa estaba en silencio absoluto y yo dormía. Comer conmigo delante significa que, en su cabeza, yo he pasado de «amenaza posible» a «mueble que se mueve pero no ataca».
Es un progreso que nadie más notaría. Si le cuentas a alguien «mi gata en acogida ha comido con la luz de la cocina encendida», te miran con cara de «vale, Ricardo, muy bien». Pero yo sé lo que costó llegar ahí.
Estos avances no van en línea recta. Un día come conmigo delante y al siguiente vuelve a esconderse porque se me cayó una cuchara. La confianza se construye lento y se rompe rápido. Como casi todo lo que importa.
Lo que me enseñó ver la casa con los ojos de una gata con miedo
Empecé a hacer cosas raras. A cerrar la puerta del horno despacio. A avisar en voz baja antes de encender la batidora, como si sirviera de algo. A quitarme las zapatillas que arrastran.
No porque crea que Toñi entiende que la aviso. Sino porque, al hacerlo, yo me hago consciente de cada ruido que produzco. Y resulta que produzco muchísimos, todo el día, sin darme cuenta.
Vivimos rodeados de estímulos que hemos aprendido a filtrar. El cerebro los apaga porque son inofensivos. Es eficiente. Es lo que nos permite no volvernos locos con el zumbido de la nevera.
Pero ese filtro también nos hace olvidar cómo suena el mundo para quien todavía no ha aprendido a filtrarlo. Un bebé. Alguien que llega a un país nuevo. Una gata que ha vivido lo que sea que vivió Toñi antes de llegar aquí.
Cuando acogí a Meleys, la gata negra del año pasado, ella era todo lo contrario: llegó y se instaló como si la casa fuera suya de toda la vida. Ni un ruido la inmutaba. Y por eso aprendí menos con ella. Los que no te dan trabajo tampoco te hacen mirarte al espejo.
Toñi me obliga a mirar. Y no siempre me gusta lo que veo. Descubro que soy una persona bastante ruidosa, un poco brusca con las puertas, que doy portazos sin querer. Cosas que a mis tres gatos veteranos les dan igual y que a ella la torturan.
La paciencia no es una virtud, es una obligación
Siempre pensé que era una persona paciente. Toñi me ha demostrado que era paciente con lo que me resultaba fácil.
Es fácil ser paciente cuando el resultado llega. Lo difícil es serlo cuando llevas tres semanas y la gata sigue detrás del sofá. Cuando cada día parece igual que el anterior y no sabes si estás haciendo algo bien o simplemente esperando en vano.
Con la programación me pasa parecido. Hay bugs que se resisten días y uno quiere tirar el ordenador por la ventana. La tentación es forzar la solución, tocar cosas al azar a ver si suena la flauta.
Y casi nunca funciona forzar. Ni con el código ni con Toñi. Funciona observar, entender el patrón, ir con calma, y con Toñi lo estoy reaprendiendo desde cero.
Bella, la maestra sin saberlo
Hay una cosa que no había previsto. Bella está ayudando a Toñi más que yo.
Se parecen físicamente, las dos atigradas con naranja, y no sé si eso influye. Pero Toñi observa a Bella. Cuando la lavadora centrifuga y Bella sigue durmiendo encima, Toñi lo ve. Y algo debe registrar.
Los gatos aprenden por imitación más de lo que pensamos. Toñi está usando a Bella como referencia de qué es peligroso y qué no. Si la veterana no se inmuta, quizá no haya que salir corriendo.
Es la mejor herramienta que tengo. Yo puedo demostrarle a Toñi que soy inofensivo, pero soy un humano, soy sospechoso por definición. Bella es una gata. Bella tiene credibilidad que yo nunca tendré.
Foto: A white cat rests in the shadows. por Mario Beqollari en Unsplash.
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