Oli lleva semanas mirando el mismo rincón vacío y ya no sé si ignorarlo o preocuparme

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Hay un rincón en mi salón que no tiene nada de especial. Es la esquina entre el mueble de la tele y la pared, donde el rodapié tiene una muesca de cuando movimos el sofá hace años. Ahí no hay nada. Ni un juguete, ni una araña, ni una mancha de humedad. Y sin embargo Oli lleva semanas mirándolo.

No de pasada. Se sienta. Se coloca con las patas recogidas, esa postura de esfinge que ponen los gatos cuando piensan que tienen todo el tiempo del mundo. Y mira. A veces cinco minutos, a veces media hora. Yo lo miro a él mirar la pared y me hago la misma pregunta que probablemente te has hecho tú alguna vez con tu gato: ¿qué narices ve ahí?

Y detrás de esa pregunta hay otra que da más miedo. ¿Le pasa algo o soy yo el que no entiende nada?

El rincón vacío que solo Oli parece ver

Empecé a fijarme hace unas tres semanas. Estaba programando en el portátil, con esa concentración de cuando peleas con un bug que no tiene sentido, y levanté la vista para descansar los ojos. Ahí estaba Oli. Quieto. Mirando la esquina.

La primera vez no le di importancia. Los gatos hacen cosas raras, es parte del contrato que firmas cuando decides vivir con ellos. Pero al día siguiente volvió al mismo sitio. Y al otro. Siempre la misma esquina, siempre esa cara de estar viendo algo que a mí se me escapa.

Oli es blanco y atigrado, tiene tres años y es de esos gatos que normalmente están metidos en todo. Si abro un armario, aparece. Si dejo una caja en el suelo, es suya en menos de un minuto. No es un gato contemplativo. Por eso me chocó tanto verlo así, tan quieto, tan absorto en la nada.

Lo primero que hice fue lo que hace cualquiera. Ir a mirar yo mismo. Me agaché a la altura del rodapié, revisé si había un agujero, un insecto, un reflejo de luz que entrara por la ventana a cierta hora. Nada. Solo pared, mueble y esa muesca del rodapié que llevo años sin arreglar.

Kika, que es la otra atigrada de la casa y tiene la misma edad que Oli, pasó por ahí varias veces sin inmutarse. Bella, la veterana, tampoco. Solo él. Y eso es lo que me tiene descolocado, que sea un comportamiento tan suyo, tan individual.

Cuando descartas lo evidente y no queda nada

Como programador tengo una deformación profesional. Cuando algo falla, voy descartando causas una por una hasta que queda la explicación que no puede ser otra. El problema con los gatos es que ese método no funciona. No hay logs. No puedes poner un breakpoint en la cabeza de Oli.

Descarté lo físico primero. Come bien, bebe bien, usa el arenero con la puntualidad de un reloj suizo. Juega, salta, molesta a sus hermanas. No cojea, no maúlla raro, no se esconde. Todo lo que sabemos mirar para saber si un gato está mal, en él está bien.

Descarté también lo del oído y la vista. Los gatos captan frecuencias y movimientos que nosotros ni rozamos. A lo mejor hay una tubería detrás de esa pared que hace un ruido que yo no oigo. A lo mejor un ratón se pasea por dentro del muro y él lo escucha caminar. Es posible. Pero no lo sé, y esa es la cuestión.

Cuando descartas lo evidente, te queda un espacio raro. Un hueco donde tu cabeza empieza a rellenar con historias. Y ahí es donde uno se mete en problemas.

La tentación de inventarte una explicación

Vivir con gatos te enseña, entre otras cosas, lo mucho que necesitamos que las cosas tengan sentido. No soportamos bien el «no lo sé». Preferimos una explicación mala a ninguna explicación.

Por eso existe todo ese folclore de que los gatos ven fantasmas, presencias, energías. Que miran a la nada porque la nada no está tan vacía como creemos. Y yo, que soy bastante escéptico con esas cosas, admito que en algún momento de la noche, con la casa en silencio y Oli clavado en su esquina, la idea me pasó por la cabeza.

No porque lo crea. Sino porque es más cómodo que la alternativa. Es más fácil pensar «ve algo que yo no veo, misterios de gato» que pensar «puede que le esté pasando algo neurológico y yo aquí sin enterarme».

La mente rellena huecos. Es lo que hace. Y con un animal que no puede contarte qué le pasa, esos huecos se hacen enormes.

«En una civilización lo bastante avanzada, todo lo que no entendemos lo llamamos magia.»

— Arthur C. Clarke

Clarke lo decía por la tecnología, pero encaja igual de bien con un gato mirando una pared. Lo que no comprendemos lo vestimos de misterio, y a veces ese misterio nos tranquiliza más que la verdad. El problema es que un fantasma no necesita veterinario. Un problema de salud sí. Y confundir una cosa con otra por comodidad es justo lo que no me puedo permitir.

El equilibrio entre paranoia y dejadez

Aquí está el nudo de todo esto. Con los gatos vives permanentemente entre dos abismos. Uno es la paranoia: correr al veterinario cada vez que estornudan o hacen algo mínimamente distinto. El otro es la dejadez: normalizar cualquier cosa porque «los gatos son raros» y perderte una señal de que algo va de verdad mal.

Y no hay una línea clara entre los dos. Ojalá la hubiera. Ojalá existiera un manual que dijera «mirar la pared quince minutos es normal, a partir de veinte llame usted al veterinario». No existe.

Llevo años con gatos en acogida y cada uno me ha enseñado que lo normal para uno es alarmante para otro. Meleys, la negra que tuvimos el año pasado, se pasaba las horas escondida bajo un mueble y aquello era simplemente su carácter. Con otro gato, ese mismo comportamiento habría sido motivo de preocupación.

Conocer a tu gato es justo eso. Saber qué es raro para ese gato en concreto, no para los gatos en general. Y por eso lo de Oli me inquieta, porque es raro para Oli. Ese es el dato que no puedo ignorar.

Lo que hago mientras no sé qué hacer

No tengo una respuesta bonita para cerrar esto. Lo que tengo es una lista de cosas que hago mientras la incertidumbre sigue ahí, sentada conmigo en el sofá igual que Oli sentado en su esquina.

Lo primero, observar sin obsesionarme. Anoto mentalmente cuándo lo hace, a qué horas, si hay algún patrón. Me di cuenta de que suele ser por la tarde, cuando baja la luz. Eso me hizo pensar en reflejos, en sombras que se mueven a esa hora. No es concluyente, pero es un dato.

Lo segundo, vigilar todo lo demás. Mientras el resto de su comportamiento sea normal, me doy permiso para esperar. Come, juega, ronronea cuando se sube a mi teclado justo cuando estoy compilando. Todo eso me dice que, sea lo que sea la esquina, no le está robando la vida.

Lo tercero, y esto me cuesta más, aceptar que a lo mejor nunca voy a saberlo. Que hay comportamientos de gato que se quedan sin explicación y punto. Y que exigirles una explicación a todos es una forma de no aceptar que compartimos casa con un ser que no funciona como yo.

La diferencia entre atención y control

Hay algo que aprendí escribiendo, y que vale también para esto. Una cosa es prestar atención y otra es querer controlar. Puedo estar atento a Oli sin necesitar dominar cada uno de sus gestos.

La atención es amor. El control es miedo disfrazado de amor. Y a veces la línea entre observar a tu gato porque te importa y vigilarlo porque no soportas no entenderlo es muy fina.

Cuando me sorprendo mirándolo mirar la pared por décima vez en un día, me pregunto qué necesidad mía estoy cubriendo. Casi siempre la respuesta es que soy yo el que necesita tranquilidad, no él. Él está perfectamente. El incómodo soy yo.

Esto mismo me pasó cuando escribí sobre lo que los gatos nos enseñan sobre estar en el presente, esa capacidad suya de estar completamente en una cosa sin pensar en la siguiente. A lo mejor Oli no ve fantasmas. A lo mejor simplemente está haciendo algo que yo he olvidado hacer: estar quieto y mirar sin más.

Cuando el silencio del gato te devuelve a otras pérdidas

Hay una parte de todo esto que no había querido escribir y que voy a escribir igual. La razón de fondo por la que un gato mirando una pared me pone nervioso no es la pared. Es el recuerdo de haber ignorado señales una vez.

Megan fue mi primera gata. Una gatita negra que murió con ocho meses y a la que tuve que dormir. De eso hace más de siete años y sigue ahí, en algún cajón de mí que no cierra del todo. No voy a entrar en detalles porque no toca, pero sí en lo que aquello me dejó.

Me dejó una alerta permanente. Un miedo a que algo esté pasando por debajo, en silencio, mientras yo miro para otro lado pensando que todo va bien. Cuando ves a un animal apagarse siendo tan joven, aprendes que el «seguro que no es nada» a veces sí es algo.

Por eso Oli y su esquina me remueven más de lo razonable. No es proporción con lo que veo. Es proporción con lo que ya viví. Estoy proyectando en una pared vacía un miedo que no es de Oli, es mío.


Foto: a cat sitting on a window sill looking out a window por Jon Sailer en Unsplash.

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