Por qué escribo mejor cuando no sé cómo va a terminar

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Hay una versión de mí que escribe con un esquema detallado, los puntos bien atados, el final ya pensado antes de empezar. Esa versión produce textos correctos, pero encorsetados y carentes del sentimiento que siempre quiero dar a lo que escribo. No llevan mi seña de identidad.

Me costó bastante darme cuenta de eso. Soy programador. Mi trabajo consiste en anticipar problemas, diseñar estructuras, no dejarse nada al azar. Cuando empecé a escribir de forma más seria, apliqué la misma lógica: planifica, divide, ejecuta. Lo que se llama escritor mapa. El resultado eran textos que leía y pensaba sí, esto está bien, con esa misma emoción con la que revisas que compila sin errores.

Pero algo faltaba. Y tardé tiempo en saber qué era exactamente. Entonces descubrí que me encuentro más a gusto siendo un escritor brújula, aquel que utiliza la escritura para expresar los sentimientos en el mismo momento que escribe. A partir de ahí es cuando mejor estructuro y organizo el texto que voy plasmando en un papel, o pantalla de ordenador.

El problema con saber demasiado pronto

Cuando ya sé cómo va a terminar un texto, el proceso de escribirlo se convierte en rellenar huecos. Voy del punto A al punto B siguiendo las indicaciones que yo mismo me dejé. No hay sorpresas. No hay momentos en los que de repente digo ah, esto lleva aquí, o en los que descubro que lo que pensaba que era el núcleo del artículo era en realidad solo la entrada.

Y lo curioso es que el lector lo nota. No sé exactamente por qué, pero los textos excesivamente planificados tienen una textura diferente. Son eficientes. Pero no respiran.

El exceso de planificación me quitaba otra cosa más sutil: las ganas. Cuando el final ya está escrito en mi cabeza, escribir se parece demasiado a teclear. Y teclear es aburrido.

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Imagen generada con IA

La primera vez que me permití no saber

Fue con un texto sobre Bella. Ella lleva casi ocho años aquí, me ha visto escribir miles de horas, y un día me senté a escribir sobre ella sin tener muy claro adónde iba. Solo sabía el punto de partida: quería hablar de lo que significa convivir con alguien que no necesita que le expliques nada.

No tenía esquema. No tenía final. Y fue el texto que más veces he releído con la sensación de que dice algo verdadero.

Ahí empecé a sospechar que el método tenía un problema. O que yo le estaba aplicando el método equivocado.

Lo que la incertidumbre hace que ocurra

Cuando no sé cómo va a terminar un texto, me veo obligado a escucharlo mientras lo escribo. A prestar atención a lo que está pasando en la frase, no solo a ejecutar el plan. Y eso cambia completamente cómo pienso mientras escribo.

Aparecen conexiones que no había visto. A veces una frase lleva a un recuerdo que no tenía intención de incluir, a una emoción que tenía escondida, y eso resulta ser justo lo que necesitaba el artículo. A veces el texto me lleva a una conclusión que contradice lo que pensaba cuando empecé. Lejos de ser algo negativo, es lo que produce autenticidad a lo que escribo.

«No sé lo que pienso hasta que leo lo que escribo.»

— Flannery O’Connor

Esta frase me dejó parado la primera vez que la leí. Porque describe exactamente lo que pasa cuando escribo sin red. No estoy transcribiendo ideas que ya tengo formadas. Las estoy formando en el proceso. Y si ya sé el final antes de empezar, me salto precisamente esa parte, que es donde ocurre lo interesante.

Pero entonces, ¿cómo empiezas?

Esta es la pregunta que me hacen siempre que hablo de esto. Y tiene sentido, porque parece contradictorio: si no sabes adónde vas, ¿cómo arrancas?

Lo que he aprendido es que necesito un punto de partida real, no un esquema. Una imagen, una pregunta, una incomodidad concreta. Algo lo suficientemente específico como para que no sea vago, pero lo suficientemente abierto como para no saber todavía qué voy a hacer con ello.

La diferencia entre escritor brújula y escritor mapa

Un escritor mapa: va de aquí a allá, pasando por estos tres puntos. Un escritor brújula dice: empieza aquí, ya veremos. No es lo mismo. El primero me da seguridad pero me roba el descubrimiento. El segundo me da incertidumbre, que es incómoda, pero me mantiene despierto mientras escribo.

En programación tengo que saber lo que estoy construyendo antes de construirlo. En escritura, al menos en la que me importa, funciona al revés. Lo que estoy construyendo lo descubro construyéndolo. Tardé bastante en aceptar que eso no es falta de rigor. Es otro tipo de rigor.

Aprender a aguantar el vértigo

Hay un momento, siempre el mismo, cuando llevo un rato escribiendo sin saber adónde voy y de repente pienso que esto no lleva a ningún lado, que debería parar, replantear, hacer un esquema. Es un impulso fuerte. Entrenado durante años de trabajo técnico.

Lo que he aprendido es a aguantar ese momento sin actuar. Seguir escribiendo aunque parezca que no hay dirección. Casi siempre, unos párrafos más adelante, aparece algo. Una frase que de repente lo organiza todo. Una idea que no habría llegado si hubiera parado a planificar.

No siempre funciona. Hay textos que empiezo así y que acaban en nada, que guardo sin publicar porque realmente no llegaron a ningún sitio. Pero prefiero eso a los textos que llegan a donde les dije que fueran y no son capaces de sorprender a nadie, ni siquiera a mí.

La incertidumbre no es el problema de escribir. Durante mucho tiempo pensé que era  el obstáculo a eliminar. Ahora sé que es el combustible. El plan me da comodidad. La incertidumbre me da un motivo para seguir escribiendo la siguiente frase.

Y si no tengo un motivo para escribir la siguiente frase, el lector tampoco va a tener uno para leerla.


Foto: graphing notebook por Kelly Sikkema en Unsplash.

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