Tres gatos en casa y aún no sé quién decide dónde duerme cada uno

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Hay una manta de cuadros en el sofá. Lleva ahí desde hace meses. La puse un día de invierno sin pensar mucho, y desde entonces ha pasado a ser propiedad de Bella, mi gata veterana. No hubo asamblea. Nadie votó. Pero todos en casa, gatos incluidos, sabemos que esa manta es suya.

Lo curioso es lo que pasó después. Kika, que tiene tres años y un carácter de funcionaria con prisa, decidió que el respaldo del sofá era su sitio. Justo encima de la manta de Bella, medio metro más arriba. Y Oli, el blanco y atigrado, se quedó con el reposabrazos. Tres gatos, tres alturas, un mismo mueble.

Yo no decidí nada de eso. Y eso es lo que llevo semanas dándole vueltas.

Yo creía que mandaba en mi propia casa

Cuando empecé con todo esto de los gatos, hace ya unos años, tenía la idea ingenua de que el humano organiza el espacio. Pones la cama del gato aquí, el rascador allá, y el animal lo usa porque tú lo has dispuesto así. Inocente de mí.

La realidad es que pongo una cama nueva y se quedan mirándola como si fuera una instalación de arte contemporáneo. Incomprensible y, sobre todo, inútil. Luego se meten en la caja de cartón que venía dentro. Eso sí lo entienden.

Con tres gatos en casa el asunto se complica. Porque no es solo que ellos elijan sus sitios al margen de mí. Es que los reparten entre ellos siguiendo un sistema que no veo, no oigo y desde luego no controlo.

He llegado a sentarme a observarlos un rato largo, como quien depura código que falla sin saber por qué. Buscando el patrón. Y el patrón existe, te lo aseguro. Lo que pasa es que está escrito en un lenguaje que no es el mío.

El experimento de la silla nueva

Compré una silla de oficina nueva en otoño. La vieja chirriaba y yo paso muchas horas delante del ordenador. La estrené un lunes. El martes ya tenía pelo de Kika por todas partes.

Pensé que sería ella la dueña, entonces. Pero no. Una semana después era Oli quien dormía ahí por las mañanas, y Kika se había mudado a una caja vacía junto a la ventana. ¿Negociaron? ¿Hubo un cambio de gobierno? No tengo ni idea. Solo sé que el reparto cambió y a mí nadie me consultó.

Cómo deciden los gatos dónde duerme cada uno

Esta es la pregunta que da título al artículo, y te aviso de que no tengo una respuesta cerrada. Tengo observaciones. Que es lo único que un programador honesto puede ofrecer cuando el sistema es de código cerrado.

Lo primero que noté es que la jerarquía no funciona como yo esperaba. Bella es la mayor, lleva casi ocho años conmigo, y uno pensaría que elige primero y que los demás se conforman con lo que sobra. Pues a medias.

Bella tiene sitios que son innegociables, sí. Su manta. El lado izquierdo de mi cama. El radiador del pasillo en invierno. Esos no los discute nadie. Pero hay una enorme zona gris de sitios compartidos, rotativos, que cambian de dueño según un calendario que nunca me han enseñado.

Three cats sleeping at different heights on a worn sofa, warm afternoon light, cinematic
Imagen generada con IA

Lo segundo es que el tiempo importa. Un sitio no se ocupa para siempre. Se ocupa por turnos. Por la mañana la silla es de uno, por la tarde de otro, y de madrugada quién sabe. Es como si tuvieran un sistema de reservas que se renueva solo, sin overbooking y sin que nadie monte una escena.

Y lo tercero, lo que más me descoloca: casi nunca hay pelea. Yo esperaba bufidos, zarpazos, dramas. Y los hay, claro, alguno. Pero son la excepción. La mayor parte del reparto se hace en silencio, con miradas, con esperas, con un lenguaje corporal mínimo que resuelve conflictos que a mí me llevarían una reunión de dos horas.

Las señales que casi no se ven

He aprendido a fijarme en cosas pequeñas. Cuando Bella quiere un sitio que ocupa Oli, no lo echa. Se sienta cerca. Lo mira. A veces solo se queda ahí, presente, hasta que Oli decide que mejor se va a otro lado. Sin violencia. Pura presión social felina.

Y luego está el tema de los olores, que es donde de verdad pasan las cosas importantes y donde yo soy completamente ciego. Se frotan contra las esquinas, contra las patas de las mesas, contra mí. Están dejando mensajes. Firmando documentos que yo no puedo leer.

Me hace pensar en esos sistemas distribuidos donde cada nodo deja su estado en un sitio compartido y los demás lo consultan sin necesidad de hablarse directamente. Los gatos llevan haciendo eso desde mucho antes de que ningún ingeniero lo dibujara en una pizarra.

La vida social que pasa cuando no miro

Lo que más me fascina de todo esto, y perdón por la palabra que sé que está prohibida en mi propia cabeza, es que hay toda una vida ahí que ocurre sin mí. Una sociedad pequeña, con sus normas, sus acuerdos y sus líneas rojas, funcionando a un palmo de mi teclado mientras yo arreglo un bug.

Yo formo parte del decorado. Soy el que abre latas, el que limpia el arenero, el que de vez en cuando sirve de cama caliente. Pero las decisiones de verdad, las del territorio, las toman entre ellos.

«Hasta que uno no ha amado a un animal, una parte de su alma permanece dormida.»

— Anatole France

La cita es de hace más de un siglo y la gente la repite mucho, casi gastada. Pero le encuentro un sentido nuevo aquí. Esa parte del alma que se despierta no es la de mandar sobre el animal. Es la de aceptar que el animal tiene su propia vida, completa, que no gira alrededor de ti. Querer a un gato es, en parte, renunciar a controlarlo.

Toñi, la recién llegada, y el caos del reparto

Ahora mismo tengo a Toñi en acogida. Año y medio, atigrada con tonos naranjas, parecida a Bella aunque más menuda y bastante más independiente. Y su llegada ha sido como meter una variable nueva en un sistema que ya estaba en equilibrio.

De repente el reparto que tan bien funcionaba ha tenido que recalcularse. Toñi no conoce las reglas. Se ha sentado en sitios que no le tocaban, ha dormido en la manta sagrada, ha provocado algún bufido de Oli que no veía yo desde hacía tiempo.

Y aquí lo interesante: en lugar de una guerra, lo que he visto es una renegociación. Lenta, con tanteos. Toñi probando, los demás marcando límites, todos ajustándose. En cosa de dos semanas ya había sitios nuevos para todos. Como cuando entra un compañero nuevo al equipo y, sin que nadie lo diga en voz alta, las cosas se recolocan.

Cada gato en acogida que ha pasado por casa ha movido el tablero. Recuerdo a Meleys, la negra del año pasado, que llegó tímida y acabó durmiendo en el centro de la cama como si llevara ahí toda la vida. O a Miércoles, el siamés red point, que prefería los sitios altos y nunca discutió un suelo con nadie. Cada uno trajo su forma de entender el espacio.

Lo que esto me enseña sobre soltar el control

Soy programador. Llevo veinte años queriendo que los sistemas hagan exactamente lo que les digo. Y cuando no lo hacen, me frustro y busco el porqué hasta encontrarlo. Es mi forma de estar en el mundo, para bien y para mal.

Los gatos me han enseñado algo que el código no podía enseñarme: que hay sistemas que funcionan mejor si los dejas en paz. Que mi intervención muchas veces lo empeora. Que poner orden donde ya hay un orden distinto al mío es, básicamente, romper algo que iba bien.

De esto ya he hablado por otro lado, de esa tentación de meter mano donde no hace falta. Es la misma sensación que tengo cuando reviso un código de hace meses que funciona perfectamente y me entran ganas de «mejorarlo». Casi siempre que cedo a esa tentación, la lío. Lo mejor que puedo hacer con el sofá y sus tres pisos de gatos es exactamente eso: no tocar.

Me costó entenderlo. Durante un tiempo intenté dirigir el reparto. Movía las camas, cerraba puertas, ponía a cada uno donde yo creía que debía estar. Resultado: gatos estresados y un humano agotado. El día que dejé de hacerlo, todo se calmó. Ellos sabían lo que hacían. Yo no.

Cuando el sitio favorito se queda vacío

Hay una parte de esto que toca un punto sensible y la voy a contar con cuidado, porque me sale del alma. Cuando un sitio en casa se queda vacío de verdad, el silencio que deja no lo llena nadie durante mucho tiempo.

Mi primera gata se llamaba Megan. Era negra, pequeña, y la tuve que dormir con ocho meses, hace ya más de siete años. Tenía su rincón, como todos. Y cuando se fue, ese rincón se quedó intocable un tiempo largo. Ni yo lo usaba ni, curiosamente, ningún gato posterior lo eligió enseguida.

No sé si es casualidad o si ellos perciben cosas que yo no. Pero me gusta pensar que en ese reparto invisible que negocian entre sí también hay un respeto por los que ya no están. Que algunos sitios se quedan reservados un tiempo, aunque nadie los reclame. Megan me sigue marcando, y a veces, cuando veo a Toñi tan parecida a Bella, me acuerdo de lo frágil que es todo esto que tanto me esfuerzo en cuidar.

Sigo sin saber quién manda, y está bien

Han pasado meses des


Foto: A light-colored cat sleeps on a round bed. por Ben Kupke en Unsplash.

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