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El transportín lo bajé del altillo la noche anterior. Esa fue mi primera pista de que algo no iba bien, y no precisamente con Bella.
Llevaba dos días dándole vueltas a la revisión anual. Bella va a cumplir ocho años, está perfectamente, ronronea como una nevera vieja y come con un entusiasmo que ya quisiera yo los lunes. No había ningún motivo real para la angustia. Y aun así, ahí estaba yo, repasando mentalmente todo lo que podía salir mal.
Lo que descubrí ese día en la sala de espera me dejó pensando bastante más de lo que esperaba. Resulta que el problema nunca fue de ella.
El transportín como termómetro de mis propios nervios
Hay una cosa curiosa que pasa en casa cuando saco el transportín. Los gatos lo notan, claro. Kika desaparece debajo de la cama con una velocidad que desafía la física. Oli se queda mirándolo desde una distancia prudente, como quien evalúa a un desconocido sospechoso.
Pero Bella no. Bella, la veterana, se acerca, lo olisquea y se sienta al lado. Después de ocho años, ese cacharro de plástico ya no le da miedo. Le da, como mucho, una ligera pereza.
El que tenía el estómago cerrado era yo. Y eso me parece digno de contar, porque creo que no soy el único al que le pasa.
Esa noche dormí mal. Me inventé síntomas. Pensé en bultos que no existían, en analíticas que aún no se habían hecho, en frases del veterinario que aún no había dicho. Mi cabeza, que para programar es bastante metódica, se convirtió en una máquina de generar desgracias hipotéticas.
Bella, mientras tanto, dormía a los pies de la cama. En paz. Sin saber que su humano estaba haciendo horas extra de sufrimiento por ella.
La diferencia entre el miedo real y el imaginado
Un gato vive en el presente. Esto es algo que ya intuía, pero esa noche lo vi clarísimo. Bella no anticipaba nada. No tenía un calendario mental marcando «mañana, veterinario, posible mala noticia».
Yo sí. Yo tengo esa capacidad maravillosa y terrible de viajar al futuro y vivir ahí cosas que todavía no han pasado. Y a veces ni siquiera pasan.
Nosotros sufrimos por adelantado. Ellos no. Y esa diferencia, esa noche, me pareció casi una lección de filosofía dada por una gata atigrada que ni se enteraba de que la estaba dando.
La mañana de la visita al veterinario y el miedo que era mío
Por la mañana metí a Bella en el transportín casi sin resistencia. Un par de protestas leves, un maullido de queja sindical, y dentro. El trayecto en coche lo hizo callada, mirando por la rejilla con esa dignidad de gata mayor que ya lo ha visto todo.
Yo, en cambio, conducía agarrando el volante como si fuera a la entrega de un examen que no había estudiado. Hablándole en ese tono ridículo que ponemos los humanos. «Ya está, Bella, ya casi, tranquila». Pero la frase no era para ella. Era para mí.
Cuando llegamos a la sala de espera, lo vi con una claridad incómoda. Bella estaba más entera que yo.

Había otro hombre esperando con un perro. El perro temblaba, el hombre le acariciaba la cabeza con cara de tener un nudo en la garganta. Cruzamos una mirada y nos entendimos sin decir nada. Los dos estábamos peor que nuestros animales.
Bella, desde su transportín, observaba el ir y venir de la consulta con un interés moderado. Le llamó la atención una mosca. Le llamó la atención el ruido de una puerta. No le llamó la atención, en absoluto, la posibilidad de que algo malo le pasara.
Lo que el veterinario me dijo sin querer
Cuando entramos, la veterinaria sacó a Bella, la pesó, le miró los dientes, le palpó la barriga. Bella se dejó hacer con una resignación elegante. Y entonces la veterinaria me dijo una frase que se me quedó grabada.
«Tranquilo, que ella está mucho más relajada que tú».
Lo dijo medio en broma. Pero tenía toda la razón del mundo. Yo estaba con el pulso acelerado, atento a cada gesto suyo, interpretando cada «mmm» como si fuera un diagnóstico fatal. Bella, mientras, intentaba volver al transportín porque le parecía un sitio cómodo para echarse.
La revisión salió perfecta. Está sana. Un poco de sarro, nada serio. Le pusieron la vacuna y ni se inmutó.
Y yo salí de allí con una sensación rara: alivio, sí, pero también una especie de vergüenza tonta por todo el sufrimiento que me había fabricado para nada.
Por qué proyectamos nuestra ansiedad en ellos
He estado dándole vueltas a por qué nos pasa esto. Y creo que tiene que ver con el tipo de vínculo que hemos construido.
Un gato no te puede decir qué le duele. No te puede explicar si está mareado, si tiene náuseas, si le molesta algo por dentro. Esa imposibilidad de comunicación nos coloca en una posición de responsabilidad total. Somos su voz y su intérprete a la vez.
Y cuando no puedes preguntar, imaginas. Y cuando imaginas con miedo, imaginas lo peor.
Hay otra capa por debajo, más personal. Los que hemos perdido a un animal sabemos lo que es. Sabemos que a veces la mala noticia llega. Y entonces cada visita al veterinario se convierte en un sitio donde puede caer el rayo otra vez.
Yo perdí a Megan cuando solo tenía ocho meses. Mi primera gata. Una gatita negra que tuve que dormir hace ya más de siete años. Esa pérdida me dejó una marca que sigue ahí, agazapada, y que se asoma cada vez que un transportín baja del altillo.
No es que piense en Megan conscientemente cada vez. Es que el cuerpo recuerda. El miedo se queda guardado en algún sitio y reaparece cuando menos te lo esperas, disfrazado de «preocupación normal por la revisión anual».
«Hasta que uno no ha amado a un animal, una parte de su alma permanece dormida.»
— Anatole France
Esta frase la había leído mil veces y siempre me pareció bonita pero un poco de postal. Ahora la entiendo distinto. Despertar esa parte del alma tiene un precio, y el precio es que también te vuelves vulnerable. Quien quiere mucho, teme mucho. Las dos cosas vienen en el mismo paquete y no hay forma de separarlas.
El amor y el miedo viven en el mismo sitio
Si no me importara Bella, no estaría nervioso. La ansiedad de la víspera es, en el fondo, una prueba de cuánto la quiero. Visto así, casi me reconcilio con ella.
Pero hay una diferencia entre querer y sufrir por adelantado. Querer a Bella es jugar con ella, observar cómo vigila a Toñi, la gata que tenemos ahora en acogida y que se le parece tanto con esos tonos naranjas que a veces, de reojo, las confundo.
Sufrir por adelantado, en cambio, no la cuida a ella. Me desgasta a mí y no le aporta nada. Bella no necesita que yo sufra. Necesita que la lleve al veterinario, que le dé su comida, que esté tranquilo para que ella esté tranquila.
Porque eso es lo otro que aprendí ese día: los gatos nos leen. Si yo voy tenso al coche, transmito tensión. Mi calma o mi nerviosismo viajan por la correa invisible que nos une. Cuando ya hablé de cómo nos observan más de lo que creemos, no llegué a entender del todo hasta qué punto somos su punto de referencia emocional.
Lo que cambié para la próxima vez
No voy a fingir que ahora soy un monje zen que lleva a sus gatos al veterinario con serenidad absoluta. Eso sería mentira y además poco creíble viniendo de alguien que reescribe el mismo párrafo quince veces.
Pero sí he cambiado algunas cosas pequeñas. Y como soy programador, no puedo evitar pensar en términos de refactorizar un proceso que estaba mal montado.
La primera: dejo el transportín fuera unos días antes, abierto, con una manta dentro. Así deja de ser «el objeto que significa veterinario» y se convierte en un escondite más de la casa. Bella entra y sale, lo asocia a cosas neutras. El día de la visita ya no es un trauma logístico.
La segunda: separo lo que puedo controlar de lo que no. Puedo controlar llevarla a sus revisiones, vigilar su peso, fijarme en si come raro o bebe de más. No puedo controlar el resultado de una analítica. Y obsesionarme con lo segundo no mejora lo primero.
La tercera, y la más difícil: intento estar presente. Sonar a tópico, ya lo sé. Pero es que Bella vive así de verdad, y a lo mejor por eso es tan feliz con tan poco. Un rayo de sol, una caja de cartón, una caricia en el momento justo.
Aprender de quien no se preocupa por el futuro
Hay una ironía bonita en todo esto. Pasamos años creyéndonos los maestros, los que cuidamos, los que sabemos. Y luego resulta que ellos nos pueden enseñar lo más difícil de todo: estar en el presente sin que la cabeza te arrastre a un futuro que igual ni llega.
Bella no sabe que va a cumplir ocho años. No sabe que es una gata mayor. No lleva la cuenta de las revisiones ni teme la siguiente. Simplemente está. Aquí. Ahora. Tumbada en su sitio favorito, que casualmente es justo encima de mi teclado cuando intento trabajar.
Y yo, que me gano la vida anticipando errores en el código antes de que ocurran, debería aprender a no apl
Foto: black and white cat lying on brown bamboo chair inside room por Manja Vitolic en Unsplash.
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