Lo que cambió en mí el día que escribí sin publicar algo que no era para nadie

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El otro día encontré un archivo de texto que había escrito hace meses y del que no me acordaba. Fue escribir sin publicar. Se llamaba «nada.txt», literal. Lo abrí esperando una lista de la compra o cuatro notas sueltas de algún proyecto. Y resulta que era algo que había escrito una noche, sin pensar, sin guardarlo en ningún sitio decente, sin la intención de que lo leyera nadie. Ni yo, en realidad.

Lo leí entero. Y me dejó raro. No porque fuera bueno, que no lo era. Sino porque sonaba a mí de una manera que casi nunca consigo cuando escribo para publicar.

Eso me hizo pensar bastante. Sobre por qué escribo, sobre para quién, y sobre qué pasa cuando quito al «quién» de la ecuación. Y de eso va esto.

Cuando al escribir sin publicar pensando en alguien, escribes a medias

Casi todo lo que escribo tiene un destinatario en la cabeza. Aunque no lo planee. Cuando preparo un post para el blog, hay una vocecita que me dice «esto que no se entiende», «aquí pareces pedante», «este chiste no lo va a pillar nadie».

Esa vocecita no es mala. Me ha salvado de publicar cosas ilegibles más de una vez. Pero también me corrige antes de tiempo. Me suaviza. Me pone una corbata cuando estaba en pijama.

Lo curioso es que ese filtro funciona incluso cuando creo que no hay nadie. Si escribo un mensaje a un amigo, ajusto. Si escribo en mi diario, ajusto un poco menos pero ajusto, porque en el fondo pienso que algún día alguien lo leerá. Siempre hay un lector fantasma sentado en la silla de al lado.

El archivo «nada.txt» lo escribí en un momento en que ese lector fantasma se había ido a dormir. Y se nota. Hay frases sin terminar, saltos de tema, una honestidad que en público me daría apuro. Y sin embargo era lo más yo que había leído en mucho tiempo.

Lo que cambió en mí el día que escribí algo que no era para nadie

No fue una epifanía con música de fondo. Fue más tonto que eso. Esa noche no podía dormir, tenía la cabeza dándole vueltas a una cosa del trabajo y a otra cosa que no era del trabajo, y abrí un editor de texto en lugar de abrir el móvil.

Empecé a escribir lo que pensaba. Sin título, sin estructura, sin H2 ni narices. Solo el flujo. Y a los diez minutos me di cuenta de algo: no estaba intentando quedar bien. No estaba intentando nada.

Por primera vez en mucho tiempo escribía sin objetivo. No para publicar, no para terminar un capítulo, no para responder a nadie. Y ahí pasó la cosa interesante: descubrí que escribir, para mí, no es comunicar. O no solo.

Escribir es pensar. Yo no sé lo que pienso hasta que lo veo escrito. Las ideas dentro de mi cabeza son una nube. En cuanto las pongo en una línea, dejan de ser nube y se convierten en algo que puedo mirar de frente.

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Imagen generada con IA

Y eso, cuando escribes para alguien, se contamina. Porque ya no escribes para entenderte tú. Escribes para que el otro te entienda a ti. Son dos cosas distintas y yo las había confundido durante años.

Esa noche, con «nada.txt» abierto, escribir era pensar en voz baja. Y resultó que tenía mucho más que decirme a mí mismo de lo que creía.

El miedo a que esto suene a coach

Lo sé, lo sé. Suena a uno de esos textos de «escribe un diario y cambiará tu vida». Y me da urticaria. No estoy vendiendo nada. No tengo un curso. No voy a decirte que escribas todas las mañanas tres páginas a mano nada más despertarte, porque yo a esa hora apenas encuentro la cafetera.

Solo cuento lo que me pasó. Que un texto que no era para nadie me enseñó algo que cientos de textos que sí eran para alguien no me habían enseñado. Y que eso me hizo replantearme cómo escribo el resto del tiempo.

El testigo silencioso de las cuatro de la mañana

Esa noche no estaba solo del todo. Oli se subió a la mesa, como hace siempre que detecta que estoy haciendo algo que no le incluye. Se sentó justo al lado del teclado, en esa postura de esfinge que tienen los gatos cuando quieren vigilarte sin parecer pendientes.

No hizo nada. No maulló, no pidió, no se tumbó encima del teclado como suele hacer Kika cuando quiere sabotearme. Solo se quedó ahí, mirando la pantalla con esa indiferencia absoluta que solo un gato puede dedicarte.

Y pensé: él es el único lector que de verdad no me juzga. A Oli le da exactamente igual si esto que escribo es bueno o malo, si soy honesto o me escondo. Para él soy el que abre las latas, no el que escribe. Y eso, esa noche, fue liberador.

Porque escribir delante de alguien que no espera nada de ti se parece bastante a escribir para nadie. No hay aprobación que buscar. No hay decepción que evitar. Solo está el texto y tú, y un gato que en cualquier momento se va a aburrir y se va a ir.

«Escribo para descubrir lo que pienso. Después de todo, las palabras son una clase de actuación para descubrir el sentido de las cosas.»

— Joan Didion

Didion tenía razón en algo que a mí me costó años entender. No escribes porque ya sabes lo que quieres decir. Escribes precisamente porque no lo sabes, y el acto de poner una palabra detrás de otra es lo que te lo revela. La página no es el sitio donde vuelcas las conclusiones. Es el sitio donde las fabricas.

Por qué publicar lo cambia todo (y no siempre para bien)

Cuando sé que algo se va a publicar, mi cerebro entra en modo producto. Empiezo a pensar en el titular, en si el primer párrafo engancha, en si la gente llegará al final. Cosas legítimas, ojo. Si escribes en un blog, quieres que se lea.

Pero ese modo producto tiene un coste. Mata cierta clase de verdad. La verdad incómoda, la que no queda bien, la que no encaja en la narrativa que estás construyendo de ti mismo.

Yo, por ejemplo, en público tiendo a presentarme como alguien que tiene las cosas más o menos claras. Programo, escribo, acojo gatos, vivo en Zaragoza, todo ordenadito. Pero en «nada.txt» había dudas que jamás pondría aquí. Sobre el trabajo, sobre si lo que hago tiene algún sentido, sobre cosas que ni a mí me gusta mirar de cerca.

Y no, no estoy diciendo que haya que publicar todo crudo. Hay textos que merecen su corbata. Pero me he dado cuenta de que necesito los dos espacios. El de fuera, pulido, para el lector. Y el de dentro, en bruto, para mí.

La diferencia entre el borrador y el confesionario

Un borrador es un texto a medio terminar que algún día será público. El confesionario es un texto que nunca lo será y por eso puede ser entero.

Durante años los confundí. Trataba mis notas privadas como borradores, es decir, ya las escribía pensando en el día en que las mejoraría para enseñarlas. Y ese pensamiento las estropeaba desde el origen.

Desde «nada.txt» intento separarlos. Hay una carpeta en mi ordenador que se llama, sin ironía, «no es para nadie». Lo que va ahí no se publica nunca. Y precisamente por eso ahí escribo cosas que en ningún otro sitio me atrevo.

Lo que esto me enseñó sobre por qué escribo de verdad

Llevaba años contándome que escribo para conectar con la gente. Y es cierto a medias. Me gusta cuando alguien me escribe que un texto mío le ha tocado algo. No voy a fingir que eso no importa.

Pero la noche del «nada.txt» me enseñó que esa no es la raíz. La raíz es que necesito escribir para entenderme. La conexión con los demás es un efecto secundario maravilloso, pero secundario al fin y al cabo.

Lo sé porque esa noche no había nadie a quien conectar. Y aun así escribí. Y aun así me sirvió. Si lo único que me moviera fuera el lector, sin lector no habría escrito ni una línea. Y escribí muchas.

Esto me reconcilió con algo. Con esas épocas en que no publico nada y siento que estoy fallando, que un blog hay que alimentarlo, que si no produces no eres escritor. Mentira. Escribir en privado, para nadie, también es escribir. Quizá es la forma más pura de hacerlo.

Megan, mi primera gata, murió con ocho meses hace ya más de siete años. Y una de las pocas cosas que me ayudó entonces fue escribir sobre ella. No para publicarlo, no para que nadie me consolara. Solo para ponerlo fuera de mi cabeza, donde dolía demasiado, y dejarlo en un sitio donde pudiera mirarlo sin romperme.

Aquello tampoco era para nadie. Y fue de lo más honesto que he escrito en mi vida. Tardé años en entender que esos dos textos, el de Megan y el de «nada.txt», eran lo mismo: escritura que no busca aprobación, solo busca colocar el mundo en su sitio.

Qué hago ahora con todo esto

No he cambiado de vida. Sigo programando de día, sigo escribiendo de noche, sigo con cuatro gatos en casa contando a Toñi, que está de acogida y que se parece tanto a Bella que a veces las confundo de reojo.

Foto: white laptop computer beside micro line pen por Mel Poole en Unsplash.

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