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Llevo media hora con el mismo párrafo. Lo he reescrito siete veces. Lo he leído en voz alta, le he cambiado una coma, le he devuelto la coma a su sitio. Y luego he ido a la cocina a llenarle el agua a los gatos, que no la habían pedido, solo porque era más fácil que seguir mirando la pantalla. El párrafo, por cierto, no ha mejorado. Sigue siendo el mismo perro con otro collar. Reescribir un párrafo una y otra vez es una de las tareas que más me agotan.
Reescribir un párrafo o esconderse
Hay una diferencia entre revisar y reescribir compulsivamente, aunque por fuera se parezcan. Revisar es leer lo que has hecho y arreglar lo que está mal. Tiene un final. Reescribir en bucle no tiene final, porque el objetivo no es terminar, es no exponerte.
Lo veo clarísimo cuando programo. Si paso tres horas refactorizando una función que ya funcionaba, no estoy mejorando el código. Estoy evitando la parte difícil, que es la que no sé hacer todavía. El refactor es cómodo. Lo difícil es la línea en blanco siguiente, la que aún no existe.
Con la escritura es idéntico. El primer párrafo es seguro. Ya lo tengo. Puedo darle vueltas eternamente y sentir que trabajo, cuando en realidad lo que me da pánico es el resto del texto, que está sin escribir y que podría salir mal.

La trampa de la versión perfecta
Existe una versión perfecta de cada párrafo. Vive en tu cabeza. El problema es que ahí dentro no tiene palabras concretas, solo una sensación de que sería estupendo. En cuanto lo escribes, lo conviertes en algo finito, medible, criticable. Y por eso a veces preferimos no terminar: mientras está sin pulir del todo, todavía cabe la fantasía de que podría ser una obra maestra.
«No existe la escritura, solo la reescritura.»
— Ernest Hemingway
La cita de Hemingway suena a coartada perfecta para mi vicio, y durante años la usé así. Pero él no hablaba de reescribir el mismo párrafo veinte veces hasta vaciarlo. Hablaba de tener un texto entero, terminado, malo, y luego mejorarlo. Primero hay que tener algo. No puedes reescribir lo que no existe. Y yo me quedaba atascado en la primera frase fingiendo que eso ya era oficio.
El borrador feo también dice cosas
Lo curioso es que muchas veces la versión sin pulir es la más honesta. La que escribes del tirón, sin pararte a quedar bien, tiene tu voz de verdad. Lo que escribes en la séptima revisión tiene la voz de alguien que quiere caer bien. Y se nota. Queda perfecto y muerto, como una fotografía de comida que no te apetece comer.
Tengo un cuaderno de notas para los libros sobre gatos donde apunto cosas rápidas, sin filtro. La frase con la que mejor describí lo que sentí cuando murió Megan, mi primera gata, con solo ocho meses, la escribí ahí, de un tirón, a las tantas de la noche. Luego intenté «mejorarla» para meterla en el libro y la dejé irreconocible. Acabé volviendo a la versión del cuaderno, la torpe, la que tenía una palabra repetida. Esa era la verdadera. Las otras seis eran maquillaje.
Cómo me obligo a soltar
No tengo un método elegante, tengo trucos un poco brutos. El primero es ponerme un límite de pasadas. Dos. Una para el contenido, otra para los tropiezos evidentes. A la tercera no le quito una idea, le quito miedo, y eso no cuenta como mejorar.
El segundo es publicar cuando algo ya está «suficientemente bien», aunque me pique. Lo he aprendido del software. Ningún programa se publica perfecto. Se publica funcionando, y luego ya verás. Un texto perfecto que nunca sale no le sirve a nadie. Uno imperfecto que se lee, sí.
El tercero es más físico: me levanto. En serio. Cuando llevo demasiado rato con la misma frase, me alejo del teclado. Aquí es donde entra Bella, que con sus casi ocho años se ha vuelto experta en detectar cuándo finjo trabajar. Se sube a la mesa, se sienta sobre el teclado y me bloquea el documento. Ella diría que es para reclamar caricias. Yo creo que sabe perfectamente que ese párrafo ya estaba bien hace media hora y solo me está haciendo un favor.
Lo que se queda en el primer intento
Hay una cosa que casi nunca confieso. Muchas veces, después de reescribir un párrafo veinte veces, acabo publicando el primero. El original. El que salió sin pensar. Recorro todo el camino para volver al punto de partida, solo que ahora con la tranquilidad de haber comprobado que las otras versiones eran peores.
Durante un tiempo esto me parecía una pérdida de tiempo absurda. Ahora lo veo distinto. A veces necesitas escribir las veinte versiones malas para confiar en la primera buena. El trabajo no fue inútil: fue el precio de creerte tu propio instinto. Caro, sí. Pero a veces es lo que hay.
Eso no significa que reescribir un párrafo, o una frase, incluso un artículo entero, sea malo. Significa que hay que saber por qué lo haces. Si reescribes porque has visto algo concreto que falla, adelante. Si reescribes porque no te atreves a seguir, o porque tienes miedo de que te lean, entonces no estás escribiendo. Estás escondiéndote detrás de la apariencia de estar escribiendo. Y eso lo hacemos todos, programadores incluidos, cuando refactorizamos por enésima vez algo que ya iba bien.
Así que este artículo lo voy a publicar ahora, con sus asperezas. Hay un par de frases que reescribiría una vez más. No lo voy a hacer. Bella ya está mirando la pantalla, y los dos sabemos cómo termina esto. Más adelante puede que lo vuelva a releer.
Sobre el tema de escribir, hay muchos libros que hablan de ello, yo los que he leido, y que me ayudan en mi día a día son los siguientes:
Mientras escribo
Un libro de Stephen King
125 trucos para escribir tu novela
Un libro de Silvia Martín
Foto: beige and white typewritter por Luke Lung en Unsplash.
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